La vida monástica - El ideal monástico
Un monasterio es, fundamentalmente, una escuela de vida contemplativa.
Para el monje es vida contemplativa aquélla en
la que se da prioridad y preferencia al ejercicio de la oración.
La oración, porque es el modo más adecuado de llegar
al conocimiento y a la unión con Dios.
Un conocimiento en fe y por obra del amor, con
todo el fervor de una vivísima esperanza.
El ideal monástico está, pues, en la búsqueda de
Dios y de solo Dios. Directamente. A Dios en sí mismo y por Cristo Jesús, que es el mediador entre Dios y los hombres.
Un ideal puro de vida cristiana. Esto se llama
vivir hondamente el propio bautismo.
El monje
Es un hombre que se agarra a Cristo como a la auténtica realidad de su vida.
Por tres veces lo dice san Benito:
“Nada anteponer al amor de Cristo”
(Reg. cap. IV).
“Los que nada estiman tanto como Cristo”
(cap. V).
“Nada absolutamente prefiera a Cristo”
(cap. LXXII).
La vida de todos los cristianos debe afirmarse
en Cristo Jesús. Es cristiano quien vive en Cristo. Quien
ha llegado a convencerse de que Cristo es su vida.
Pero ese apoyo debe ser aún más necesario, diríamos
que más exigente y total, más exclusivo, para un alma contemplativa.
Su relación se hace muy personal, muy directa,
íntima.
Cristo está ante él en todos los actos, en todos
los momentos de su vida.
Y en el cumplimiento total de su santa voluntad.
El monje sigue a Cristo en su obediencia.
El monasterio
San Benito tiene una definición famosa y clásica de lo que es un monasterio. En el Prólogo de su Regla le llama:
Dominici schola servitii. La escuela del servicio del Señor.
La concepción benedictina de la vida religiosa
se asienta sobre la importancia concedida al monasterio. Sobre la estampa de monasterio que se esboza en la Regla.
Establece el monasterio sobre un plan familiar.
Con los vínculos que no son fríamente sociológicos. Ni tan sólo espiritualmente religiosos. Con una entrañada relación familiar.
Con su buen margen afectivo.
Por eso es una institución muy humana.
En el monasterio, y por esta enseñanza, es donde
se hace fácil, natural y flexible el servicio de Dios.
Lo que en definitiva se practica y ejercita en
el monasterio es la caridad del amor de Dios. Aquí es donde las almas de los monjes crecen en la caridad.
Vida en comunidad
Un monasterio supone una vida en comunidad.
Bien está que haya anacoretas. Pero es una vocación
madura y en cierto modo extraordinaria. No es empeño para todos y mucho menos para principiantes.
La vida en común es, en cambio, muy sana. Una invitación
permanente a no pensar en sí mismo. Una invitación permanente a la caridad. A pensar en los demás con caridad. Y a sufrir
con paciencia las adversidades y las flaquezas de los prójimos.
Y junto a la caridad la disciplina. Contra el protagonismo
y la originalidad. Por un lado la obediencia. Por el otro el fiel cumplimiento de la Regla. Que es algo exterior, objetivo.
La norma concreta de nuestra vida religiosa.
En la vida en común de los cenobitas se cumplen
los tres votos que emite el monje en su profesión monástica.
Estabilidad: Permanencia y perseverancia en un
monasterio.
Conversión de costumbres: Que la entrega a Dios
sea real y no una pura fantasía.
Obediencia según la Regla: Sometiéndose a la autoridad
de un abad, quien representa a Cristo.
El abad
Es la pieza maestra de la regla de los monjes.
Concurre en él un triple mando.
Espiritual. Docente. De gobierno.
Pero todo ello fundido en la condición de padre.
Y por encima aún de la condición de padre, su situación
auténtica en el monasterio debe ser la de representante de Cristo.
La clave de la personalidad del Abad está en ser
representante de Cristo.
El silencio
El silencio viene a ser el clima espiritual del monasterio.
No es sólo una necesidad de la convivencia.
No es sólo una exigencia de la paz del claustro.
Su verdadera función entra ya en la vida de oración.
Un silencio que es necesario para oír a Dios.
Silencio de recogimiento. Silencio exterior. Pero
sobre todo silencio interior.