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Lectura Divina

Ni el Oficio divino ni la Eucaristía agotan la capacidad de orar de los monjes y las monjas.

San Benito, con toda la tradición anterior, propone e impone un camino de oración: la llamada lectio divina, o «lectura de Dios». Nuestra comunidad le dedica una hora entera por la mañana y otra por la tarde.

San Benito, no quiso en modo alguno, que sus monjes fueran analfabetos ni admitió otra simplicidad que la del corazón.

La lectio divina tiene dos aspectos principales. Por una parte, es un estudio atento de la ciencia espiritual, tiende a la formación del monje; por otra parte, es un método de oración, un modo ­seguramente el más acertado y seguro­ de ponerse en comunicación con Dios.

El Señor me habla en la Escritura, que tengo en la manos y leo con infinita veneración, y yo le respondo. Dios me habla aquí y ahora. Conoce mis circunstancias, mis problemas, mis deseos, mis inclinaciones. Dios me conoce a fondo y contesta a mis preguntas, expresas o tácticas.

Lectio Divina: Orar la Palabra de Dios

-La búsqueda de Dios en su Palabra-

 

 

Aquello que caracteriza a todo cristiano y de un modo particular al monje es: BUSCAR A DIOS, y lo más importante de esa búsqueda es que: somos buscados por un Dios que nos ama.

Esa búsqueda en ambos sentidos (Dios-hombre; hombre-Dios) se hace explícita, entre otras cosas, en el encuentro cotidiano con la Palabra de Dios en la Biblia.  A este encuentro le pondremos un nombre: lectio divina

 

1. ¿Qué es la lectio divina?

Lectio divina es una expresión latina que literalmente significa “lectura divina".  Tratando de ser breves podríamos decir que es esa lectura orante de una Palabra que sabemos viene de Dios, ha sido escrita bajo su inspiración, y está dirigida a nosotros.  En este sentido, no es una investigación científica, ni un exhaustivo estudio teológico de la Sagrada Escritura.

Es una práctica antiquísima que se remonta al mismo Israel del Antiguo Testamento.  Por esto, para poder entender qué tipo de lectura es ésta, es necesario tener en claro cuál es el objeto de esa lectura y qué significa verdaderamente dicho objeto en el lenguaje semita.  El objeto de esta lectura orante es la misma Palabra de Dios que de un modo particular se nos presenta en la Sagrada Escritura.  En definitiva, lo que hace que la lectio sea divina es la divinidad misma de la Sagrada Escritura.

 

2. ¿Cuá es el sentido profundo en lenguaje bíblico del vocablo Palabra?

Estamos acostumbrados a un viejo refrán que dice: "A las palabras se las lleva el viento”, es más, ¿quién, en nuestros días, confía en la palabra de otro?  ¿Quién, a no ser en un arrebato de locura, se atreve hoy a recibir la palabra de alguien como garantía para obtener un crédito?  Es que con el tiempo hemos vaciado de contenido toda expresión verbal y es tal la disociación entre lo que se dice y lo que se hace, que nuestra amiga, la palabra, es mirada en todos lados con un poco de desconfianza.

No era así para los hebreos; y Dios asumió, para revelársenos, a ese pueblo con todas sus estructuras de pensamiento y de expresión.  Para ellos, la palabra humana (¡y cuánto más la divina!) no era sólo la expresión de un concepto abstracto sino que era, además, su realización.  La palabra, Dabar -en hebreo- significa dos cosas: el término que nombra la cosa y la cosa nombrada.  En esta perspectiva escuchemos algunos pasajes bíblicos:

"Entonces Dios dijo: 'Qué exista la luz.’ Y la luz  existió.”  (Génesis 1,3)

"La hierba se seca, la flor se marchita, pero la Palabra de nuestro Dios permanece para siempre”  (Isaías 40,8)

"Así como la lluvia y la nieve descienden del cielo y no vuelve a él sin haber empapado la tierra,  sin haberla fecundado y hecho germinar, para que dé la semilla al sembrador y el pan al que come, así sucede con la palabra que sale de mi boca: ella no vuelve a mí estéril, sino que realiza todo lo que yo quiero y cumple la misión que yo le encomendé” (Isaías 55,10-1l).

 

Es ésta, entonces, la Palabra que nosotros escucharnos al hacer lectio divina, una Palabra que realiza, lo que anuncia, que es estable y que penetra todo, como dice la carta a los Hebreos:

"Porque la Palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que cualquier espada de doble filo: ella penetra hasta la raíz del alma y del espíritu, de las articulaciones y de la médula y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón.” (4,12)

 

Es más, esta Palabra, por la cual fueron creadas todas las cosas, adquiere en el Nuevo Testamento un nombre: Jesucristo, la Palabra hecha carne (Juan 1, 14).  En definitiva, cuando -nos acercamos a la Sagrada Escritura, entramos en diálogo amistoso con Dios que se nos revela en la de Jesús.  Y no sólo el Nuevo testamento nos habla de Jesús, sino toda la Biblia, ya que la Antigua Alianza en él encuentra su plenitud

 


3. ¿Cómo acercarnos a la Palabra de Dios?

Sólo teniendo conciencia de la Persona con quien me voy a encontrar al abrir la Biblia, puedo disponerme a recibirlo mediante algunas actitudes internas y externas 1:

a) Pureza  de corazón: Que no significa creernos sin pecados o de una moral intachable. La pureza de corazón significa ante todo esa capacidad de acercarse a la Palabra con el corazón, total si está impuro (según nosotros) Dios lo va a purificar.

El corazón no es simplemente el cúmulo de nuestros sentimientos, sino que es aquel ámbito más íntimo e importante de nuestra persona en el que somos más verdaderamente nosotros mismos; es el lugar de la unificación de todo mi ser.  Es en definitiva estar presentes ante la Palabra como una sola Persona,

b) Humildad: la humildad ante la Palabra de Dios implica ante todo el no pretender agotarla en una simple leída, y en pedirle siempre al Señor antes de comenzar a leer el don de su Espíritu, la fe y la capacidad de asombro ante su Amor hecho Escritura

c) Clima de Oración: Es bueno comenzar este momento con una invocación al Espíritu Santo, como recién  decíamos, ya que como cojo San Jerónimo: "La escritura debe leerse con el mismo Espíritu con que fue escrita".  Debernos pedirle al Espíritu Santo que lea en mí lo que el mismo ha escrito, que haga "lectio" en mí.  Este clima se crea haciéndonos un buen espacio de silencio en el que la Palabra pueda resonar.

d) Un tiempo y un lugar: disponer un lugar: mi habitación, un escritorio, una simple mesita en la que la Palabra es reverenciada con una vela, así como un tiempo para este encuentro con el Señor, nos ayudará externamente a crear ese clima de oración.  La Palabra es digna de reverencia corno lo es Jesús Eucaristía.

e) Elección de un texto: Antes de comenzar a hacer la lectio debemos elegir un texto: puede ser el Evangelio que se lee en la liturgia del día; o ir siguiendo un tema: por ejemplo, las parábolas, los milagros; o tomar de corrido un libro de la Biblia, etc.

f) Gratuidad:  Nuestra única preocupación debe ser escuchar la Palabra que sale de boca de Dios.  Por lo tanto no importa tanto si hacemos una gran meditación, un gran descubrimiento o si quedamos prendidos de alguna nube mística: lo más importante de hacer la lectio es estar un rato con el Señor:  Es la gratuidad de estar con un amigo.

 

4. ¿Cómo se hace la lectio divina?

Como ya dijimos, hacer lectio es encontrarse con un gran amigo: Dios.  Es dejar a Dios que entre en diálogo con nosotros como lo hacía con Moisés: "El Señor conversaba con Moisés cara a cara, como lo hace un hombre con su amigo " (Éxodo 33.1 l).

Un auténtico diálogo tiene un triple ritmo que encuentra la misma estructura en la lectio:

 

    momentos del diálogo                      momentos de la lectio divina

            ACOGIDA·· >  ESCUCHA     ··>         LECTURA

                              · >  REFLEXIÓN ··>          MEDITACIÓN

            DONACIÓN··> RESPUESTA ··>         ORACIÓN

            COMUNIÓN··> ENCUENTRO··>        CONTEMPLACIÓN

 

Esta distinción en cuatro momentos es el fruto de que explicar este diálogo de Dios con el hombre, pero puestos a hacer lectio ellos se entrecruzan y mezclan y no siempre se manifiestan del mismo modo.

Pero vayamos a cada uno de ellos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

1 Con esto queremos acentuar la primacía de Dios en la lectio (como en toda oración cristiana) y no la de nuestras disposiciones; por ello hemos tratado de enarcar que la importancia está en Aquel con quien nos encontramos lectio Palabra.


A) LA LECTURA 

Lo primero, después de habernos puesto en actitud de oración, es leer el texto bíblico elegido; pero, ¿de qué tipo de lectura se trata?

Ante todo es una lectura sin prisas, tranquila, desinteresada.  Es una lectura que compromete todo nuestro ser, cuerpo, alma y espíritu, y no sólo a nuestra inteligencia. Está llena del recogimiento del que se sabe en presencia de Dios que está hablando; está hecha con Dios de corazón a corazón, como decía San Gregorio Magno, "Aprende a conocer el corazón de Dios en las palabras de Dios".  Es entonces una Lectura sapiencia (=sabrosa)2.

En este paso de la lectio divina, buscarnos escuchar LO QUE EL TEXTO DICE: tratamos de descubrir el sentido literal del pasaje bíblico independientemente de nosotros.  Buscarnos ante todo ESCUCHAR lo que Dios ha manifestado en su Palabra.

 

¿Cómo hacer la practica concreta de este paso?

·  Partir siempre del texto elegido ya de antemano. Es preferible tomar pequeñas unidades, pocos versículos.

·  Todo texto escrito es un texto vivo y su autor ha tenido una intención al escribirlo.  Por lo tanto en este primer paso no debo implicarme (es decir no buscar que me dice, sino qué dice el texto, la intención del autor).

·  Fijarme en el contexto del pasaje elegido (capítulo o libro de la Biblia al cuál él corresponde).

·  Si dedicarnos una hora a este encuentro (lectio divina), disponer media hora para este primer paso.  Esto ayudará a hacer a la lectura atenta y tranquila.  Puede ayudamos el transcribir el texto tal y cual está escrito en la Palabra.

·  Trato de recibir todo lo que contiene el texto: Busco y transcribo los personales y sus actitudes los lugares que nombre, el tiempo en que transcurre, las diversas escenas, etc.  Ir de este modo desmenuzando el texto, tratando de no dejar de lado ninguno de los elementos que Dios ha elegido para revelársenos.

·  Es el paso más árido de la lectio divina y corremos el peligro de querer pasar inmediatamente al siguiente: la meditación (¿qué me dice a mí?). Toda la lectio depende de este primer paso: por esto debemos hacer esta lectura-escucha de un modo orante y tranquilo.

 

Otra barrera para derribar: Estamos acostumbrados, en nuestra cultura enciclopedista, a leer la mayor cantidad de libros, artículos, folletos en el menor tiempo posible; buscamos ante todo tener un conocimiento que abarque todo sin profundizar en nada.  Por otra parte tenemos también la desventaja de que cada vez estamos más distanciados de la materialidad de los libros, ya que nuestra cultura es una cultura de la imagen.

 

B)      MEDITACIÓN

El uso moderno de esta palabra es distinto del de la lectio.  En estos tiempos cuando hablamos de meditación nos referirnos a una acción discursiva, intelectual o a un estado de aniquilación personal.

En la tradición de la lectio divina, meditación viene del latín "meditatio", que a su vez viene del griego mhlete (meléte), y que significa, ante todo, repetición.  Es entonces un ejercicio de repetición del texto ya leído, con el fin de comprenderlo más profundamente. Esta repetición es como una rumia de la Palabra escuchada, una "masticación". La Palabra de Dios que hemos largamente escuchado, ahora descansa en nuestro corazón y nosotros la rumiamos.

Este tipo de meditación nos lleva a tratar de repetir interiormente el pasaje que ya hemos leído atentamente, ahora sí, implicándonos. En este paso buscamos LO QUE EL TEXTO ME DICE, lo que Dios quiere decirme. Me dice algo a mí de él o de mí.

 

 

2 La Palabra Sabiduría viene de "Saborear".  Se saborea lo que se ha escuchado.  Es experimentar el gusto

de Dios.  La gracia tiene "sabor espiritual".

 


¿Cómo hacer la práctica concreta de este paso?

A medida que más nos introducimos en la lectio divina, menos cosas están en nuestras manos.  No resulta fácil tratar de explicar como se hace este paso, ya que está en manos de Dios revelamos lo que quiere decirnos.  Pero aún así podemos mencionar algunas prácticas que nos ayudarán a mancar el texto implicándonos:

- Dejar que la Palabra resuene y descubrir cuál es la frase o la palabra o la actitud que me atrae mucho en el texto.

- Repetir esa frase, esa palabra; encarnar esa actitud (por ejemplo, si nos llama la atención del corazón la frase: “Jesús lo miró y lo amó”, intentemos dejarnos mirar por Jesús, porque de hecho nos está mirando y su mirada es amor). Es bueno repetirla en primera persona, por ej: “Jesús me mira y me ama”.

- Dejar al Espíritu Santo que me guíe por donde quiera llevarme.  Pueden comenzar a resonar otros textos bíblicos que relacionados con la palabra o la frase rumiada, la colman de sentido y ensanchan nuestro deseo de Dios.

Pero principalmente (y por esto decíamos que es difícil desmembrar estos cuatro "pasos") aquí comienza a suceder algo nuevo: la Palabra que hemos escuchado y ha echado raíces en nosotros, comienza a volver a Dios en forma de oración.  Es el mismo Espíritu el que nos va conduciendo a la oración, "porque no sabemos pedir como es debido".

 

C) LA ORACIÓN

La oración de la lectio divina es el prototipo de toda oración cristiana, ya que no es más que la respuesta del hombre a la iniciativa de Dios que lo llama y le habla.

Esta oración es el fruto de la meditación.  Responde a lo que Dios me ha dicho; no está fabricada de antemano.  Si la lectura era el ¿qué dice?, la meditación el ¿qué me dice?, a la oración podríamos significarla por medio de otra pregunta: ¿QUÉ LE DIGO?. 

Dios ha dicho algo en mi vida, y por medio de su misma Palabra podremos responderle.  En la oración no hacemos más que devolver a Dios lo que nos ha dado.

Hay distintos modos de orar, y en cada lectio que hagamos nuestra oración responderá a la manera en que la Palabra nos ha llegado: ella puede convertirse en alabanza, en asombro, en acción de gracias, en petición, y, ¡cuantas veces no hará llorar!  Debemos tener la confianza de que el Espíritu Santo siempre suscitará en nosotros aquel tipo de oración que más en consonancia está con lo que se nos ha dicho: “El mismo Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad ya que no sabemos orar como es debido” (Rom.8,26).

 

D) CONTEMPLACIÓN

A esta altura de la lectio divina ya nada está en nuestras manos.

La contemplación no es una capacidad visionaria, ni una introspección psicoanalítica, ni un dejar los ojos en blanco.  Su objeto no es algo que se ve con los ojos sino algo que hemos escuchado.

La contemplación es ese gustito que nos queda después de hacer lectio: y decirnos gustito porque hemos saboreado la Palabra (recordemos lo que dijimos de la lectura sapiencial). Es esa alegría y ese paz que nos quedan como fruto de este encuentro con Dios. Es como ese dulce sosiego que se experimenta después de estar un rato con un amigo.

Es como que la Palabra ha encontrado dentro nuestro un lugar donde quedarse para amarnos: cuando la Palabra penetra nuestro corazón encuentra allí su hábitat más querido, ya que somos imagen de Dios y la Palabra ha salido de Dios.

La contemplación es un DON de Dios que está presente en la Palabra de Dios y de forma habitual, más allá de que por momentos pasemos por momentos áridos de escucha.

 

Y estemos seguros que la Palabra de Dios, Jesús que ha venido a nuestro encuentro, es eficaz. Por lo tanto, todo lo que ha acontecido dentro mío de un modo vital, marcándome, comienza a brotar en frutos de amor y de consolación para los demás.

Lectio Divina

 

La expresión Lectio Divina quiere decir "lectura de Dios", e indica la práctica monástica, ya secular, de la "lectura orante" de la Biblia.

 

        El primero en utilizar esa expresión fue Orígenes, quien afirmaba que para leer la Biblia con provecho es necesario hacerlo con atención, constancia y oración. Más adelante, la Lectio Divina vendría a convertirse en la columna vertebral de la vida religiosa. Las reglas monásticas de Pacomio, Agustín, Basilio y Benito harían de esa práctica, junto al trabajo manual y la liturgia, la triple base de la vida monástica.

La sistematización de la Lectio Divina en cuatro peldaños proviene del s. XII. Alrededor del año 1150, Guido, un monje cartujo, escribió un librito titulado La escalera de los monjes, en donde exponía la teoría de los cuatro peldaños:

 

«Cierto día, durante el trabajo manual, al reflexionar sobre la actividad del espíritu humano, de repente se presentó a mi mente la escalera de los cuatro peldaños espirituales: la lectura, la meditación, la oración y la contemplación. Esa es la escalera por la cual los monjes suben desde la tierra hasta el cielo. Es cierto, la escalera tiene pocos peldaños, pero es de una altura tan inmensa y tan increíble que, al tiempo que su extremo inferior se apoya en la tierra, la parte superior penetra en las nubes e investiga los secretos del cielo (...).

 

La lectura es el estudio asiduo de las Escrituras, hecho con espíritu atento. La meditación es una actividad diligente de la mente que, con ayuda de la propia razón, busca el conocimiento de la verdad oculta. La oración es el impulso ferviente del corazón hacia Dios, pidiendo que aleje los males y conceda cosas buenas. La contemplación es una elevación de la mente sobre sí misma que, pendiente de Dios, saborea las alegrías de la dulzura eterna»

 

        En el siglo XIII, los mendicantes intentaron crear un nuevo tipo de vida religiosa más comprometida con los pobres e hicieron de la Lectio Divina la fuente de inspiración para su movimiento renovador.

 

        En los siglos posteriores a la Contrarreforma, los creyentes perdieron el contacto directo con la Palabra. Sin embargo, el Concilio Vaticano II recuperó, felizmente, la anterior tradición e instó, con insistencia, a los fieles a leer asiduamente la Escritura.

 

«El Santo Sínodo recomienda insistentemente a todos los fieles, la lectura asidua de la Escritura, para que adquieran la ciencia suprema de Jesucristo (Filp 3,8), "pues desconocer la Escritura es desconocer a Cristo" (...) Recuerden que a la lectura de la Sagrada Escritura debe acompañar la oración para que se realice el diálogo de Dios con el hombre, pues "a Dios hablamos cuando oramos, a Dios escuchamos cuando leemos sus palabras"» (DV 25)

 

         En la actualidad, la Lectio Divina se va difundiendo cada vez más en las comunidades eclesiales más diversas, y está resultando una fuente de renovación espiritual y de vivo compromiso eclesial. El objetivo de la Lectio Divina no es conducir al lector-orante cristiano a una piedad intimista, individualista, encerrada celosamente en "el gozo de su Señor", sino el de guiarlo a través de un itinerario espiritual que le configura con Cristo, le abre al mundo y le apremia a la misión.

 

        Quien hace bien la Lectio Divina llega a hacer suyas las palabras y el sentir de San Pablo: "No soy yo quien vive; es Cristo quien vive en mí" (Gál 2,20). Inseparablemente unido a este sentir está el impulso apostólico nacido de la unión con Cristo: "El amor de Cristo nos apremia" (2 Cor 5,14).

 

         Así pues, nosotras proponemos la Lectio Divina como un método, un "camino" (odoj) a través del cual somos llamad@s a transformarnos en DISCÍPUL@S Y APÓSTOLES DEL SEÑOR CRUCIFICADO Y RESUCITADO, en los diversos contextos en los que se desenvuelve nuestra vida cotidiana.

 

Disposiciones del lector-orante

 

  Fe y apertura al Espíritu

  Pureza de corazón

  Desprendimiento y docilidad

  Espíritu de oración

  Conversión continua

  Comunión con la Iglesia

 

¿Un método o diversos hitos de un mismo itinerario?

 

        La idea que solemos tener de un "método" es la de una "técnica" o un procedimiento ordenado que nos conduce a un fin. Nuestra visión del "método" de la Lectio Divina es mucho más personal y dialogal que técnica. El método es un camino a través del cual avanzamos vivencialmente hacia una meta. Tratándose de la Sagrada Escritura, camino y meta son Cristo, pues él mismo dice: "Yo soy el camino" (Jn 14,6), y "Yo, el Primero y el Último" (Ap 1,17).

 

        Por ello, los cuatro escalones que constituyen el proceso de la Lectio Divina son cuatro actitudes básicas del creyente que desea SEGUIR a Cristo conociendo su Palabra (Lectura), aprendiendo a vivir como Él vivió (Meditación), suplicando fuerza y luz para sus pasos (Oración) y trabajando por el advenimiento del Reino (Contemplación).

 

        Veamos más detenidamente estos cuatro peldaños, válidos tanto para orientar experiencias oracionales individuales como comunitarias.

 

1. Lectio: «Desconocer la Escritura es desconocer a Cristo» (San Jerónimo)

 

- Se trata, simplemente, de leer, leer y releer la Biblia hasta familiarizarnos con ella. La Biblia no es un libro anticuado e insignificante para nuestra vida, sino ACTUAL Y SIGNIFICATIVO. Tiene mucho que decirnos sobre nosotros mismos, sobre el mundo y sobre el momento histórico que vivimos. Pero para descubrir ese nexo entre la Palabra, escrita hace siglos, y nosotros, es preciso leer de forma constante y continua, perseverante y diaria.

 

- A través de la lectura tratamos de responder a una pregunta:¿qué dice el texto? Hay diversos modos de intentar responder a esa pregunta o, lo que es lo mismo, de encontrar el sentido literal del texto. Por ejemplo, por medio de un triple acercamiento:

   Literario: 

   Análisis de las palabras que constituyen el texto (sustantivos, adjetivos, verbos...), cayendo en la cuenta de sus campos semánticos, sus sinónimos y antónimos...

   Atención a las repeticiones de palabras o frases. 

   Atención a los personajes y sus acciones.

   Atención a las indicaciones de tiempo y lugar.

   Atención al contexto literario: qué precede y qué sigue a nuestro texto, de modo inmediato y de modo más general (qué lugar ocupa el texto en la estructura general del libro).

   Histórico:

   Cuál es la situación socio-cultural, económica, política y religiosa en la que se compuso el texto.

   Teológico:

   Qué dice Dios al pueblo en aquella situación concreta. Cuál es el mensaje clave del texto.

 

2. Meditatio: «María custodiaba estas cosas rumiándolas en su corazón» (Lc 2,19)

 

        Tras responder a la pregunta ¿qué dice el texto?, ahora abordamos otra cuestión: ¿qué me dice el texto a mí, a nosotros? Se trata de actualizar el mensaje y entrar en diálogo con el Dios que nos habla, en él, aquí y ahora.

        ¿Cómo podemos hacer la meditación? 

   A través de una serie de preguntas que establecen una conexión entre el texto y nuestra vida:

   ¿Qué diferencias y qué semejanzas encontramos entre la situación del texto y la nuestra?

   ¿Qué conflictos del pasado existen todavía hoy?

   ¿Cuáles son diferentes?

   ¿Qué dice el mensaje del texto para nuestra situación actual?

   ¿Qué cambio de comportamiento me sugiere a mí?

   ¿Qué quiere hacer crecer en mí, en nosotros?, etc.

 

   Repitiendo el texto, "rumiándolo", masticándolo. Por ello es bueno resumir el texto en una frase (preferentemente del mismo texto) para repetirla durante todo el día, en la calle, en el metro, durante el trabajo... De este modo, la Palabra, como una gota de agua que incansablemente se deslizara sobre una roca hasta trazar un surco e incluso romperla, irá penetrando, abriendo y transformando nuestra persona, lenta pero realmente. En este proceso es el Espíritu, presente en la Palabra, el que obra esa transformación.

 

3. Oratio: «El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad, pues nosotros no sabemos pedir como conviene» (Rom 8,26)

 

        La pregunta de este tercer escalón es: ¿qué me/nos hace decirle a Dios el texto?

        En este momento especialmente dedicado a la oración, el creyente responde a Dios, movido por el Espíritu. Puede hacerlo valiéndose de los salmos (como hizo el mismo Jesús), de oraciones ya existentes, de cantos o de palabras brotadas espontáneamente de sus labios al hilo de la experiencia. 

 

4. Contemplatio: «Y miró Dios a los hijos de Israel y conoció... "Bien vista tengo la aflicción de mi pueblo en Egipto. He escuchado y he bajado para librarle"» (Éx 2,25; 3,7-8)

 

        Podríamos entender la contemplación como un "retorno al paraíso perdido", como un gusto y dulzura inefables, experimentados en el corazón de quien hace de la Palabra de Dios el único punto de referencia de su vida.

        El riesgo de esta concepción es el intimismo, el nacimiento de una piedad "estufa" o "seno materno" con la que el creyente se encuentra muy a gusto, pero aislado y protegido del "mundo" (entendiendo el mundo como un ámbito en el que Dios no puede encontrarse).

        Otra posibilidad sería la de entender la contemplación como una nueva manera de ver, observar y analizar la vida, los acontecimientos y la historia individual y colectiva: mirar el mundo desde los ojos de Dios. Por ello, la pregunta que podríamos formularnos aquí sería: ¿cómo cambia el texto mi/nuestra mirada?

        Este modelo de contemplación no lleva a la famosa "fuga mundi", ni a la preocupación preferente por la propia perfección y salvación, sino a la inmersión en la historia ("bajar" a ella, como Dios "bajó") y al compromiso por mejorarla. En este sentido, sólo los contemplativos pueden dedicarse a la misión.

 

Breve esquema del método para uso pastoral

¿Qué dice el texto?

   Leer y releer atentamente, hasta que se haya entendido bien todo su contenido.

   Caer en la cuenta de: las indicaciones de tiempo y lugar; los personajes y sus acciones; la palabra o palabras clave; las repeticiones; los campos semánticos (sinónimos y antónimos); a qué otros textos de la Escritura hace referencia (textos paralelos); posible estructura de la perícopa, justificando las diversas partes de la misma; el contexto literario inmediato y su relación con el mismo; palabras o frases "bisagra" -es decir, que sirven para conectar o ligar un texto con otro-; situación del texto en el conjunto del libro.

Quizá pueda ayudarte a prestar más atención a todos estos elementos copiar el texto o subrayarlo.

[También es muy iluminador comparar diversas traducciones, a ser posible, en lenguas diversas, así como confrontar el texto con el original griego, hebreo y arameo].

   Buscar, con la ayuda de algún comentario, el contexto socio-cultural, económico, político y religioso de la época.

¿Qué me dice el texto a mí/a nosotros?

   Cae en la cuenta de las diferencias y semejanzas existentes entre la situación del texto y la nuestra.

- ¿Qué conflictos del pasado existen todavía hoy?

- ¿Cuáles son diferentes?

- ¿Qué mensaje nos transmite el texto para nuestra situación actual?

- ¿Qué cambio de comportamiento reclama de mí?

- ¿Qué quiere hacer crecer en mí, en nosotros?

- ¿En qué sentido esta Palabra es buena noticia para mí?

   Intenta resumir el mensaje en una palabra o frase. Repítela interiormente con atención.

¿Qué nos hace decir el texto a Dios?

La oración surge de modo espontáneo como súplica, acción de gracias, alabanza, petición de perdón o intercesión. 

¿Cómo cambia el texto mi/nuestra mirada?

   ¿Qué compromisos concretos me/nos hace adquirir para que se realice el Reino de Dios y su justicia?

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