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La oración contemplativa

Thomas Merton


Capítulo XV del libro LA ORACIÓN CONTEMPLATIVA

Editorial PPC. Madrid 1996. Págs. 117-125


XV

La oración contemplativa es, en cierto modo, simplemente la preferencia por el desierto, el vacío, la pobreza. Cuando uno ha conocido el sentido de la contemplación, intuitiva y espontáneamente busca el sendero oscuro y desconocido de la aridez con preferencia a ningún otro. El contemplativo es el que más bien desconoce que conoce, más bien no goza que goza, y el que más bien no tiene pruebas de que Dios le ama. Acepta el amor de Dios en fe, en desafío a toda evidencia aparente. Ésta es una condición necesaria, y muy paradójica, para la experiencia mística de la realidad de la presencia de Dios y de su amor para con nosotros. Sólo cuando somos capaces de «dejar que salgan» todas las cosas de nuestro interior, todos los deseos de ver, saber, gustar y experimentar la presencia de Dios, entonces es cuando realmente nos hacemos capaces de experimentar la presencia con una convicción y una realidad abrumadoras, que revolucionan toda nuestra vida interior.

Walter Hilton, un místico inglés del siglo catorce dice en su Scale of Perfection:

Es mucho mejor ser separado de la visión del mundo en esta noche oscura, por muy penoso que eso pueda resultar, que morar fuera, ocupado en los falsos placeres del mundo... Porque cuando estás en esa noche, te encuentras mucho más cerca de Jerusalén que cuando estás en la falsa luz. Abre tu corazón al movimiento de la gracia y acostúmbrate a residir en esta oscuridad, intenta familiarizarte con ella y encontrarás rápidamente que la paz, y la verdadera luz de la comprensión espiritual inundarán tu alma...

La contemplación es esencialmente una escucha en el silencio, una expectación. Y también, en cierto sentido, debemos empezar a escuchar a Dios cuando hemos terminado de escuchar. ¿Cuál es la explicación de esta paradoja? Quizá que hay una clase de escucha más elevada, que no es una atención a la longitud de cierta onda, una receptividad para cierto mensaje, sino un vacío que espera realizar la plenitud del mensaje de Dios dentro de su aparente vacío. En otras palabras, el verdadero contemplativo no es el que prepara su mente para un mensaje particular, que él quiere o espera escuchar, sino el que permanece vacío porque sabe que nunca puede esperar o anticipar la palabra que transformará su oscuridad en luz. Ni siquiera llega a anticipar una clase especial de transformación. No pide la luz en vez de la oscuridad. Espera la Palabra de Dios en silencio, y cuando es "respondido", no es tanto por una palabra que brota del silencio. Es por su silencio mismo cuando de repente, inexplicablemente revelándose a él como la palabra de máximo poder, llena de la voz de Dios.

Pero no debemos aceptar una visión puramente quietista de la oración contemplativa. No es mera negación. Nadie se convierte en contemplativo sencillamente por «oscurecer» las realidades sensibles, y permanecer solo consigo mismo en la oscuridad. En primer lugar, uno que hace eso como un montaje, a propósito, como conclusión de un razonamiento práctico sobre el tema, y sin una vocación interior, sencillamente entra en una oscuridad artificial que se ha fabricado él mismo. No está solo con Dios, sino solo consigo mismo. No está en presencia del Único Trascendente, sino de un ídolo, el de su propia identidad complaciente. Se ve inmerso y perdido en si mismo, en un estado de narcisismo inerte, primitivo e infantil. Su vida es »nada» no en el sentido misterioso, dinámico, en el que la nada del místico es paradójicamente el todo de Dios. Es sencillamente la nada de un ser finito, abandonado a si mismo en su propia trivialidad.

Los místicos Rhenish del siglo catorce tuvieron que luchar contra muchas formas heréticas de contemplación y contra la pasividad de la voluntad propia, arbitraria, de los que abrazaban la forma quietista de oración de una manera sistemática, dedicándose a cultivar simplemente la inercia como si ella fuera, por si misma, suficiente para resolver los problemas. De ésos dice Tauler:

Estas personas han entrado en un camino sin salida. Confían totalmente en su inteligencia natural y están totalmente orgullosos de ellos mismos al hacerlo. Nada saben de las profundidades y riquezas de la vida de Nuestro Señor Jesucristo. Ni siquiera han formado sus propias naturalezas por el ejercicio de la virtud y no han avanzado en los caminos del verdadero amor. Confían exclusivamente en la luz de su razón y en su falsa pasividad espiritual.

El problema que entraña el racionalismo es que se engaña a sí mismo en su racionalización y manipulación de la realidad. Hace culto del «permanecer sin moverse", como si eso en si mismo tuviera un poder mágico para resolver todos los problemas y llevar al hombre al contacto con Dios. Pero de hecho es sencillamente una evasión. Es una falta de honradez y seriedad, una banalidad con la gracia y una huida de Dios. Esto es realmente el "quietismo puro". Pero, ¿podemos decir que algo semejante existe en nuestros días?

El quietismo absoluto no es un peligro omnipresente en el mundo de nuestro tiempo. Para ser un quietista absoluto, uno tendría que hacer esfuerzos heroicos para permanecer sin hacer nada, y tales esfuerzos están más allá del poder de la mayoría de nosotros. Sin embargo, existe una tentación de una clase de pseudoquietismo que afecta a los que han leído libros sobre el misticismo sin entenderlos en absoluto. Y eso los lleva a una vida espiritual deliberadamente negativa, que no es más que una dejación de la oración, por ninguna otra razón que por la de imaginar que, dejando de ser activo, uno entra en la contemplación. Eso lleva en realidad a la persona a estar vacía, sin una vida espiritual, interior, en la que las distracciones y los impulsos emocionales gradualmente los afirman a expensas de toda actividad madura, equilibrada, de la mente y el corazón. Persistir en esta situación de paréntesis puede llegar a ser muy perjudicial espiritual, moral y mentalmente.

El que sigue los caminos ordinarios de la oración, sin prejuicio alguno y sin complicaciones, será capaz de disponerse mucho mejor para recibir su vocación a la oración contemplativa a su debido tiempo, dando por sabido que le llegará su momento.

La verdadera contemplación no es un truco psicológico, sino una gracia teologal. Sólo nos viene en forma de un regalo, y no como resultado de nuestro empleo inteligente de técnicas espirituales. La lógica del quietismo es una lógica puramente humana, en la cual dos más dos son cuatro. Desgraciadamente, la lógica de la oración contemplativa es de un orden enteramente diferente. Está más allá del dominio estricto de causa y efecto, porque pertenece enteramente al amor, a la libertad, a los desposorios espirituales. En la verdadera contemplación no hay "razón por la que" el vacío nos deba llevar necesariamente a ver a Dios cara a cara. Ese vacío nos puede llevar de la misma manera a encontrarnos cara a cara con el demonio, y de hecho a veces lo hace. Es parte del riesgo de este desierto espiritual. La única garantía contra el enfrentamiento con el demonio en la oscuridad, si es que podemos hablar realmente de algún tipo de garantía, es simplemente nuestra esperanza en Dios, nuestra confianza en su voz, en su misericordia.

Ha quedado claro que el camino de la contemplación no es de ninguna manera una "técnica" deliberada de vaciarse uno mismo, para conseguir una experiencia esotérica. Es una respuesta paradójica a la llamada de Dios casi incomprensible, lanzándonos a la soledad, zambulléndonos en la oscuridad y el silencio, no para retirarnos y protegernos del peligro, sino para llevarnos a salvo a través de peligros desconocidos, por un milagro de su amor y de su poder.

El camino de la contemplación no es, de hecho, camino alguno. Cristo es el único camino, y él es invisible. El "desierto" de la contemplación es sencillamente una metáfora para explicar el estado de vacío que experimentamos cuando hemos abandonado todos los caminos, nos hemos olvidado de nosotros mismos y hemos tomado a Cristo invisible como nuestro camino. Como dice san Juan de la Cruz:

Y así grandemente se estorba un alma para venir a este alto estado de unión con Dios, cuando se ase a algún entender, o sentir, o imaginar, o parecer, o voluntad, o modo suyo, o cualquiera otra obra o cosa propia, no sabiéndose desasir y desnudar de todo ello... Por tanto, en este camino, el entrar en camino es dejar su camino; o por mejor decir, es pasar al término y dejar su modo, es entrar en lo que no tiene modo, que es Dios. Porque el alma que a este estado llega, ya no tiene modos, ni maneras, ni menos se ase ni puede asir a ellos... aunque en sí encierra todos los modos, al modo del que no tiene nada, que lo tiene todo.

Esto podría completarse con las palabras que siguen de John Tauler:

Cuando hemos probado esto en la auténtica profundidad de nuestras almas, nos hace hundirnos y disolver-nos en nuestra nada y pequeñez. Cuanto más brillante y más pura es la luz que se derrama en nosotros por la grandeza de Dios, tanto más claramente veremos nuestra nada y pequeñez. En realidad así es cómo podemos discernir la autenticidad de esta iluminación. Porque es el brillo divino de Dios en lo más profundo de nuestro ser, no por medio de imágenes, no por medio de nuestras facultades, sino en las auténticas profundidades de nuestras almas. Su efecto será hundirnos más y más en nuestra propia nada.

Se pueden sacar dos sencillas conclusiones de todo esto. Primero, que la contemplación es la culminación de la vida cristiana de oración, porque el Señor no desea nada de nosotros más que convertirse él mismo en nuestro "camino", en nuestra "verdadera vida". Esta es la única finalidad de su venida a la tierra para buscarnos, para poder elevarnos, juntamente con él, al Padre. Sólo en él y con él podemos alcanzar al Padre invisible, al que nadie podrá ver y seguir viviendo. Muriendo a nosotros mismos, y a todas las "maneras", "lógicas" y "métodos" propios nuestros, podemos ser contados entre aquellos a los que la misericordia del Padre ha llamado a sí en Cristo. Pero la otra conclusión es igualmente importante. Ninguna lógica propia puede conseguir esta transformación de nuestra vida interior. No podemos argumentar que el "vacío" es igual a la "presencia de Dios", y luego sentarnos tranquilamente para conseguir la presencia de Dios vaciando nuestras almas de toda imagen. No es cuestión de lógica ni de causa y efecto. Tampoco es cuestión de deseo, o de una empresa proyectada, o de nuestra propia técnica espiritual.

Todo el misterio de la oración contemplativa simple es un misterio de amor divino, de vocación personal y de don gratuito. Esto, y sólo esto, consigue el verdadero «vacío», en el que ya nada queda de nosotros mismos.

Un vacío deliberadamente cultivado, para llenar una ambición espiritual no responde en absoluto al concepto de vacío espiritual. Es la plenitud de uno mismo. Tan lleno que la Luz de Dios no tiene sitio alguno por donde poder penetrar. No hay grieta ni rincón abandonado donde algo pueda encajarse en ese duro corazón, fruto de la autoabsorción, que es nuestra opción de vivir centrados en nuestro propio ser. Y, en consecuencia, cualquiera que aspire a convertirse en contemplativo debe pensarlo dos veces antes de ponerse en camino. Quizá la mejor forma de convertirse en contemplativo seria desear con todo el corazón ser cualquier cosa menos contemplativo. ¿Quién sabe?

Pero, naturalmente, tampoco eso es verdad. En la vida contemplativa, ni el deseo ni el rechazo del deseo es lo que cuenta, sino sólo aquel "deseo" que es una forma de "vacío", que asiente con lo desconocido y avanza tranquilamente por donde no ve camino alguno. Todas las paradojas acerca del camino contemplativo se reducen a ésta: estar sin deseos significa ser llevado por un deseo tan grande que es incomprensible. Es demasiado grande para ser completamente sentido. Es un deseo ciego, que parece un deseo de "la vaciedad", sólo porque nada puede contentarlo. Y porque es capaz de descansar en la vaciedad, entonces, relativamente hablando, descansa en la vaciedad. Pero no en una vaciedad como tal, en una vaciedad por si misma. Realmente no existe tal entidad como pura vaciedad, y la vaciedad meramente negativa del falso contemplativo es una "cosa", no la "nada". La «cosa" que se reduce a la oscuridad misma, de la cual todos los demás seres están excluidos deliberadamente y por todos los medios.

Pero la verdadera vaciedad es la que trasciende todas las cosas, y aún es inmanente a todas ellas. Porque lo que parece vaciedad en este caso es puro ser. O al menos un filósofo podría describirla así. Pero para el contemplativo es otra cosa. No es ni ésta ni aquélla. Todo lo que digáis de ella es diferente a lo que se decía. Lo propio de la vaciedad, al menos para un cristiano contemplativo, es puro amor, pura libertad. Amor que está libre de todo, no determinado por nada, o visto en alguna clase de relación. Es un compartir, a través del Espíritu Santo, en la infinita caridad de Dios. Y así, cuando Jesús dijo a sus discípulos que amaran, se refería a una forma de amar tan universal como la del Padre, que envía su lluvia lo mismo sobre justos que sobre pecadores. "Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto." Esta pureza, libertad e indeterminación del amor es la auténtica esencia del cristianismo. A esto aspira sobre todo la vida monástica.

Guigues II, Cartujo (*)

Scala Claustralium

TRATADO SOBRE EL MODO DE ORAR A PARTIR DE LA PALABRA DE DIOS

 

CARTA DE GUIGUES II, cartujo, a su amigo Gervasio, sobre la vida contemplativa

 

El hermano Guigues a su querido hermano Gervasio: gózate en el Señor. Me siento como obligado a amarte, porque tú empezaste a amarme antes; y me siento impulsado a escribirte, porque con tus cartas me invitaste a escribir primero. Por eso me he propuesto transmitirte alguna cosas que había ido pensando acerca del ejercicio espiritual de los monjes, para que tú, que al experimentarlas las has aprendido mejor que yo al tratarlas, seas juez y corrector de mis pensamientos. Y con razón te ofrezco a ti el primero estas primicias de mi trabajo, para que recojas tú los primeros frutos de la nueva planta, porque en tu frágil soledad, arrancándola con loable hurto de la servidumbre del faraón, la colocaste en un ordenado ejército armado, injertando sabiamente en el olivo el ramo de olivo silvestre cortado con arte.

 

I. Descripción de los cuatro peldaños de la escalera espiritual

Cuando cierto día, ocupado en un trabajo manual, había empezado a pensar en la actividad espiritual del hombre, se presentaron repentinamente a mi consideración los cuatro peldaños espirituales, a saber, la lectura, la meditación, la oración y la contemplación. Esta es la escalera de los monjes (Scala Claustralium) por la que se elevan de la tierra al cielo, compuesta en realidad de pocos peldaños, pero de inmensa e increíble magnitud. Su parte inferior se apoya en la tierra, mientras que la superior penetra las nubes y escruta los secretos del cielo. Estos peldaños se distinguen tanto por sus nombres y su número como por su orden y su función. Si uno examina diligentemente sus propiedades y funciones, el efecto que produzca cada uno en nosotros, cómo se diferencian y en qué relación jerárquica están entre ellos, entonces considerará breve y ligero el trabajo y la aplicación que se les haya dedicado, frente a la gran utilidad y dulzura que aportan. En efecto, la lectura (lectio) es la inspección cuidadosa de las Escrituras con entrega de espíritu. La meditación (meditatio) es la concentrada operación de la mente que investiga con la ayuda de la propia razón el conocimiento de la verdad oculta. La oración (oratio) es la fervorosa inclinación del corazón a Dios con el fin de evitarle males y alcanzar bienes. La contemplación (contemplatio) es la elevación de la mente mantenida en Dios, que degusta las alegrías de la eterna dulzura.

 

II. Descripción de las funciones de los cuatro peldaños

LECTIO/MEDITATIO: Habiendo, pues, descrito los cuatro peldaños nos queda por ver ahora sus funciones. La lectura busca la dulzura de la vida feliz, la meditación la halla, la oración la pide, la contemplación la experimenta. Porque el mismo Dios dice: Buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá (Mt 7, 7).

Buscad leyendo y hallaréis meditando, llamad orando y se os abrirá contemplando. La lectura pone en la boca pedazos, la oración le extrae el sabor, la contemplación es la misma dulzura que alegra y recrea. La lectura se queda en la corteza, la meditación penetra en el pulpa, la oración en la petición llena de deseo, la contemplación en el goce de la dulzura adquirida. Para que esto pueda verse con mayor claridad proponemos un ejemplo entre muchos. En la lectura escucho esto: Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios (Mt 5, 8).

He aquí una palabra breve, pero suave y llena de múltiples resonancias, ofrecida como un racimo de uva para alimento del alma. Ante ella el alma después de haberla examinado diligentemente, dice para sí: aquí puede haber algo bueno, volveré a entrar en mi corazón e intentaré si me es posible comprender y encontrar esta pureza. Esta es, en efecto, algo precioso y deseable, alabada por tantos pasajes de la Escritura, a quien la posee se le llama dichoso y se le promete la visión de Dios, esto es, la vida eterna. Deseando, por tanto, que se le explique esto más plenamente, empieza a masticar y a triturar esta uva poniéndola, como si dijéramos, en el lagar, después estimula su razón para indagar en qué consista y cómo pueda adquirirse esta pureza tan preciosa y deseable.

 

III. Función de la meditación

Ahora se pasa a la atenta meditación, que no se queda fuera, no permanece en la superficie, sino que da un paso más, penetra en el interior, escruta todo en detalle. Considera atentamente que no se dice: Bienaventurados los limpios de cuerpo, sino de corazón, porque no basta tener las manos limpias de malas acciones, si nuestra mente no está limpia de pensamientos impuros. Y esto lo confirma la autoridad del profeta que dice: ¿Quién subirá al monte del Señor? o ¿Quién habitará en su templo santo? El que tiene manos inocentes y puro corazón (Salm 23, 3-4).

Considera aun cuánto desease ese mismo profeta la pureza de corazón pues orando decía:

Crea en mí, oh Dios, un corazón puro (Salm 50, 12), y también: Si hubiera visto iniquidad en mi corazón, el Señor no me hubiera escuchado (Salm 65, 18).

Piensa cuán solicito era el bienaventurado Job en la custodia de su corazón cuando decía:

He hecho con mis ojos el pacto de no mirar a doncella alguna (Job 31, 1).

Mira qué violencia no se hacía este hombre santo que cerraba sus ojos para no mirar vanidad que tal vez, después de vista por imprudencia, pudiera involuntariamente desear. Después de haber considerado estas y otras cosas semejantes acerca de la pureza del corazón, la meditación empieza a pensar en el premio, o sea cuán glorioso y deleitable sea ver el rostro deseado del Señor, el más hermoso de entre los hijos de los hombres, no ya rechazado y despreciado, ni con la apariencia de la cual le revistió su madre la Sinagoga, sino con la estola de la inmortalidad y coronado con la diadema con la cual le coronó su Padre el día de la resurrección y de la gloria, día que hizo el Señor. Piensa que en aquella visión se tendrá aquella saciedad de la que dice el profeta: Me saciaré cuando aparezca tu gloria (Salm 16, 15).

¿Ves cuánto jugo brotó de un racimo de uva tan pequeño, cuánto fuego salió de esta chispa, cuánto se haya dilatado, bajo el yunque de la meditación, esta exigua masa de Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios (Mt 5, 8)? ¿Pero cuánto más se podría dilatar aún si se aplicara a ello uno más experto? Pues intuyo que el pozo es profundo, mas yo todavía soy un aprendiz sin experiencia y con dificultad he podido recoger estas pocas cosas.

Inflamada el alma por estas ascuas, estimulada por estos deseos, roto el alabastro empieza a presentir la suavidad del perfume, aún no por el gusto, sino como si dijéramos por el olfato y por él capta cuán dulce pueda ser tener experiencia de esta pureza, de la que ya por su meditación advierte llena de placer. ¿Pero qué puede hacer? Se quema por el deseo de poseerla, pero no encuentra en sí el modo de tenerla y cuanto más busca, más sed tiene. Mientras se entrega a la meditación conoce también el dolor, porque tiene sed de la dulzura que la meditación le muestra deba darse en la pureza de corazón, pero no se la da a gustar. Pues el sentir esta dulzura no es del que lee o medita, a no ser que se le conceda de lo alto. En efecto, leer y meditar es común tanto a los buenos como a los malos. Y los mismos filósofos paganos, por su razón, hallaron en qué consiste la esencia del verdadero bien. Mas, puesto que habiendo conocido a Dios no le dieron gloria como a Dios (Rm 1,21), y fiándose presuntuosamente de sus fuerzas decían: La lengua es nuestro fuerte, nuestros labios por nosotros, ¿quién va a ser nuestro amo? (Salm 11, 5), no merecieron recibir lo que pudieron ver. Se perdieron en la vanidad de sus pensamientos (Rm 1, 21), y toda su sabiduría fue inutilizada (Salm 106, 27), sabiduría que les venía del estudio de disciplinas humanas, no el espíritu de sabiduría, único que da la verdadera sabiduría, es decir, el conocimiento sabroso que alegra y recrea con un gusto inestimable al alma en la que se da. De esta sabiduría se dijo: La sabiduría no entrará en un espíritu malvado (Sb 1, 1).

Pues ella solamente procede de Dios. En efecto, el Señor ha concedido a muchos la tarea de bautizar, pero el poder y la autoridad de perdonar los pecados en el Bautismo se los ha reservado únicamente para él. Por eso Juan dijo bien de él distinguiendo: El es quien bautiza (Jn 1, 33).

Así lo mismo podemos decir de él: El es el que da sabor a la sabiduría y la hace gustosa al alma. La palabra se ofrece ciertamente a muchos, pero la sabiduría (del Espíritu) a pocos. Dios la distribuye a quien quiere y como quiere.

 

IV. Función de la oración

ORATIO/CONTEMPLATIO: Viendo, pues, el alma que no puede alcanzar por sí sola esa dulzura deseada por el conocimiento y la experiencia, y que cuanto más se eleva ella tanto más lejano está Dios (Salm 63, 7-8), entonces se humilla y se refugia en la oración diciendo: Señor, que no te dejas ver más que por los limpios de corazón, leyendo he investigado, meditando he buscado cómo pueda adquirirse la verdadera pureza del corazón, para poderte conocer, gracias a ella, al menos un poco. Buscaba tu rostro Señor, tu rostro buscaba (Salm 26, 8). Largamente he meditado en mi corazón y en mi meditación se ha encendido un fuego y un deseo mayor de conocerte (Salm 38, 4). Cuando rompes para mi el pan de la Sagrada Escritura, en la fracción del pan hay gran conocimiento (Lc 24, 30-31) y cuanto más te conozco, más deseo conocerte, no ya en la corteza de la letra, sino en el sentido de la experiencia. Y esto no te lo pido, Señor, por mis méritos, sino por tu misericordia. Pues confieso que soy indigna y pecadora, pero también los perritos comen migas que caen de la mesa de sus señores (Mt 15, 27). Dame, Señor, una prenda de la herencia futura, una gota al menos de la lluvia celeste con la que pueda aliviar mi sed, porque me abraso de amor.

 

V. Función de la contemplación

Con estos y otros encendidos pensamientos el alma inflama su deseo y muestra así su efecto. Con estos encantos llama a su esposo. Los ojos del Señor están sobre los justos y sus oídos están atentos a las oraciones (Sam 33, 16), hasta tal punto que no espera siquiera a que la oración haya terminado sino que, interviniendo en el curso mismo de ella, se apresura a entrar en el alma que lo busca con deseo, se apresura a encontrarse con ella, bañado por el rocío de la dulzura celeste y el perfume de ungüentos preciosos. Recrea así al alma fatigada, sostiene a la que está sedienta, nutre a la que tiene hambre, le hace olvidar todas las cosas de la tierra, la vivifica haciendo admirablemente que se olvide de sí y embriagándola la hace sobria. Y así como en algunos actos carnales la concupiscencia de la carne vence al alma hasta el punto que pierde el uso de la razón y el hombre resulta casi completamente carnal, también en esta contemplación superior, por el contrario, los movimientos de la carne son superados y absorbidos por el alma hasta tal punto que la carne no contradice en nada al espíritu y el hombre resulta casi completamente espiritual.

 

VI. Signos de la venida del Espíritu Santo al alma

Pero, Señor, ¿cómo sabremos cuándo haces esto y cuál es la señal de tu llegada?, ¿acaso no son los suspiros y las lágrimas los testigos y los mensajeros de esta consolación y alegría? Si es así, se trata de una señal nueva e inusitada. ¿Pues qué relación existe entre la consolación y los suspiros?, ¿entre la alegría y las lágrimas?, si es que se les puede llamar a eso lágrimas y no más bien abundancia desbordante del rocío interior y como ablución del hombre exterior. Así como en el bautismo de los niños se representa y se indica con una ablución externa una purificación interna del hombre, así aquí, por el contrario, la purificación interior precede a la ablución exterior. ¡Felices lágrimas, por las que se lavan las manchas interiores, por las que se extinguen los incendios de los pecados! Bienaventurados los que así lloráis porque reiréis (Mt 5, 5). Reconoce, alma mía, en estas lágrimas a tu esposo, abraza al que deseas. Embriágate ahora de un torrente de placer, sáciate de esa ubre de consolación como de leche y miel. Los gemidos y las lágrimas son los pequeños regalos, estupendos y reconfortantes, que te ha dado tu esposo. En esta lágrimas te pone delante una bebida sobreabundante. Estas lágrimas son tu pan día y noche, pan, sí, que reafirma el corazón del hombre, más dulces que el panal de miel. Señor Jesús: si tan dulces son estas lágrimas suscitadas por el recuerdo y el deseo de ti, ¡cuánto más dulce no será el gozo que se tendrá en la plena visión de ti! Si es tan dulce llorar por ti, ¡cuán dulce será gozar de ti! Pero ¿por qué proferimos en público estos secretos coloquios?, ¿por qué tratamos de expresar, con palabras comunes, sentimientos indecibles e inenarrables? Los que no han gustado (inexperti) tales cosas no pueden entender, a menos que las lean expresamente en el libro de la experiencia amaestrados por la misma unción (divina). Si no, la letra exterior no sirve de nada al lector. Poco sabor tiene la lectura de la letra externa a no ser que tome la explicación y el sentido interno de su corazón.

 

VII. Cómo la gracia se esconde

¡Oh, alma!, hemos prolongado mucho la conversación. Buena cosa sería quedarnos aquí, contemplando con Pedro y Juan la gloria del esposo, y permanecer largo tiempo con él, y plantar, si él quisiera, no ya dos ni tres tiendas (Mt 17, 1-4), sino una en la que estuviéramos juntos y juntos gozáramos. Pero ya está diciendo el esposo: Déjame que ya viene la aurora, ya has recibido la luz de la gracia y la visita que deseabas. Habiendo dado, pues, su bendición, herido el nervio femoral, y cambiado el nombre de Jacob en Israel (Gn 32, 25-31) el esposo tan largamente deseado se aleja por un poco, desapareciendo rápidamente. Se oculta tanto en lo que se refiere a la visión de la que hemos hablado como a la dulzura de la contemplación, pero permanece presente como guía.

 

VIII. Cómo la ocultación temporal de la gracia coopera a nuestro bien

Pero no temas, esposa, no desesperes, no te consideres despreciada, si por un poco el esposo te oculta su rostro. Todo esto contribuye a tu bien, y de su venida y de su alejamiento sacas ventaja. Viene a ti, y también se retira. Viene para consolarte, se retira por prudencia, para que la magnitud de la consolación no te ensoberbezca, no sea que al estar siempre junto a ti el esposo, empieces a despreciar a las compañeras y atribuyas esta continua visita no ya a la gracia sino a la naturaleza. Pues el esposo concede esta gracia a quien quiere y cuando quiere, no se la posee por derecho hereditario. Un proverbio popular dice que la excesiva familiaridad engendra el desprecio. Se aleja, pues, para que, al ser demasiado asiduo, no sea despreciado, y para que al estar ausente sea más deseado, deseado más ávidamente buscado, buscado por largo tiempo sea finalmente con más gozo hallado. Además si nunca faltara esta consolación (la cual es enigmática y parcial, en relación con la futura gloria que se revelará en nosotros) tal vez creeríamos que tenemos aquí una ciudad permanente y buscaríamos menos la futura. Por tanto, para que no consideremos el exilio como patria, la prenda como el premio último, el esposo viene y a veces se va, unas trayendo consolación, otras cambiando todo nuestro lecho en enfermedad. Por un poco nos permite gustar lo suave que es, y antes de que lo podamos experimentar hasta el fondo, desaparece. Y así, revoloteando como con alas desplegadas sobre nosotros, nos estimula a volar, como si dijera: Ya habéis gustado por un poco lo dulce y suave que soy, pero si queréis ser saciados hasta el fondo por esta dulzura mía, corred tras de mí al olor de mis perfumes teniendo elevado el corazón allí donde yo estoy a la diestra de Dios Padre. Allí me veréis, no como en un espejo, confusamente, sino cara a cara y vuestro corazón gozará plenamente, y vuestra alegría nadie os la podrá quitar.

 

IX. Con cuanta prudencia deba comportarse el alma después de la visita de la gracia del Señor

Pero ten cuidado, esposa. Cuando se ausenta el esposo no se va lejos, y aunque tú no le ves, él sin embargo te ve siempre. Está lleno de ojos, por delante y por detrás. Nunca puedes estarle escondido. Tiene también en torno a sí como mensajeros espíritus atentísimos y sagaces para ver cómo te comportas en la ausencia del esposo, y para acusarte ante él si hubieren hallado en ti signos de lascivia y de ligereza. Este esposo es el típico celoso. Si por casualidad recibieras a otro amante, si trataras de agradar más a otros, inmediatamente se apartaría de ti y se uniría a otras jóvenes. Este esposo es delicado, noble y rico, bello de aspecto, más que ningún otro entre los hijos de los hombres y por lo tanto no quiere tener más que una bella esposa. Si viera en ti una mancha o una arruga, inmediatamente apartaría de ti los ojos. Pues no puede soportar ninguna impureza. Sé, pues, casta, llena de pudor y humilde, de modo que merezcas ser visitada a menudo por tu esposo.

Temo haber hablado demasiado sobre el tema, pero a ello me impulsó la materia fértil y al mismo tiempo dulce, que no mi propia iniciativa. Ignoro cómo he sido atraído por su dulzura a pesar mío.

 

X. Recapitulación de lo dicho

Así, para que se vean mejor juntos todos los puntos que se han tratado de manera difusa, recogeremos recapitulando todo lo que se ha dicho anteriormente. Como ya se ha hecho notar en los anteriores ejemplos, se puede ver cómo los mencionados peldaños (de la escalera espiritual) se relacionan entre sí, precediéndose uno a otro tanto en el orden temporal como en el causal. Primeramente, como fundamento está la lectura, que ofrecida la materia, te aboca a la meditación. La meditación investiga con más diligencia lo que hay que desear, y como excavando, halla el tesoro y lo muestra. Pero como por sí misma no puede alcanzarlo, nos envía a la oración. La oración elevándose con todas sus fuerzas hasta el Señor, implora el tesoro que desea, la suavidad de la contemplación. Cuando ésta acontece, recompensa todo el trabajo de las tres anteriores, embriagando al alma sedienta con el rocío de la dulzura celestial. La lectura es un ejercicio exterior, la meditación una comprensión interior, la oración es un deseo, la contemplación la superación de todo sentido. El primer peldaño es del que empieza (incipientes), el segundo del que avanza (proficientes), el tercero de los entregados (devotos), el cuarto de los felices (beatos).

 

XI. La lectura no aprovecha nada sin la meditación, ni la meditación sin la oración

Mas estos peldaños están de tal forma concatenados entre sí y se prestan un servicio recíproco, de tal manera que los primeros sin los siguientes sirven de poco o nada, y los subsiguientes sin los precedentes no se pueden alcanzar nunca o raramente. En efecto, ¿de qué sirve ocupar el tiempo en la lectura continuada (lectio continua), tener siempre en la mano vidas y escritos de santos, si no es también para extraer el jugo rumiándolos y masticándolos, e ingiriéndolos los mandamos hasta lo más íntimo del corazón, de modo que a su luz consideremos diligentemente nuestra vida y tratemos de realizar aquellas mismas obras de las cuales nos gusta oir hablar? Pero ¿cómo reflexionaremos en estas cosas, o estaremos atentos a no traspasar, meditando cosas vanas e inútiles, los límites fijados por los santos padres, si no somos antes instruidos sobre esto por la lectura o bien por la escucha. Pues la escucha pertenece de algún modo a la lectura. Por eso solemos decir que hemos leído no sólo aquellos libros que hemos leído por nosotros mismos, sino también aquellos que hemos escuchado de maestros. Del mismo modo, ¿qué aprovecha al hombre el ver por la meditación lo que tiene que hacer, a menos que, por la ayuda de la oración y de la gracia de Dios, esté en grado de realizarlo? Pues ciertamente todo buen regalo, todo don perfecto viene de arriba, del Padre de las luces (Sant 1, 17), sin el cual nada podemos hacer, sino que él mismo hace todo en nosotros, si bien no sin nosotros. Pues somos cooperadores de Dios, como dice el Apóstol (I Co 3, 9). Ciertamente Dios quiere que le ayudemos, y que, a él que viene y llama a la puerta, le abramos lo profundo de nuestra voluntad y le demos nuestro consentimiento. Este consentimiento exigía de la Samaritana cuando decía: Llama a tu marido. Como si dijera: Te quiero infundir la gracia, tú aplica tu libre albedrío. Requería de ello la oración cuando decía: Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice dame de beber, tal vez tú le pedirías a él agua viva. Habiendo oído esto, instruida la mujer como por la lectura, meditó en su corazón que tener este agua podía ser bueno y útil para ella. Encendida, pues, por el deseo de tenerla, se volvió a la oración diciendo: Señor, dame de este agua para que no tenga ya más sed, ni tenga que venir aquí a sacarla (Jn 4, 6.10.15).

He aquí como la escucha de la Palabra de Dios y la subsecuente meditación de la misma la incitaron a la oración. Y ¿cómo, pues, hubiera sido solícita en pedir si antes no le hubiera encendido la meditación? O ¿de qué le hubiera valido la meditación precedente, si, lo que le mostraba como apetecible, no lo hubiera impetrado la oración posterior? Por lo tanto para que la meditación sea provechosa es necesario que siga una oración fervorosa, cuyo efecto sería la dulzura de la contemplación.

 

XII. Concatenación recíproca de los cuatro peldaños antedichos

De todo esto podemos colegir que la lectura sin la meditación es árida; la meditación sin la lectura, errónea; la oración sin la meditación, tibia; la meditación sin la oración, infructuosa; la oración hecha con fervor permite alcanzar la contemplación; la consecución de la contemplación sin la oración es más bien rara o milagrosa. Dios, cuyo poder no tiene límites y cuya misericordia está sobre todas sus obras, algunas veces suscita de las piedras hijos de Abraham, cuando obliga a consentir en su voluntad a corazones duros y que oponen resistencia, y así, como suele decir el vulgo, arrastra al buey por los cuernos, como pródigo, cuando no llamado se introduce. Lo cual, aun cuando leemos que sucedió alguna vez a alguien, como a S. Pablo y a algunos otros, sin embargo no por ello debemos nosotros pretender las cosas divinas, como atentando a Dios, sino que debemos hacer lo que a nosotros nos corresponde, a saber, leer y meditar la ley de Dios, suplicar que sea él mismo el que venga en ayuda de nuestra debilidad y vea nuestra imperfección, lo cual él mismo nos enseña a hacerlo cuando dice: Pedid y recibiréis, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá (Mt 7, 7).

Pues ahora el reino de los cielos padece violencia, y los violentos lo arrebatan (Id. I I, 12). Por las distinciones señaladas se pueden percibir las propiedades de los antedichos peldaños, cómo se relacionan entre sí y qué efecto produzcan cada uno sobre nosotros. Feliz el hombre cuya alma, libre de las otras preocupaciones, desea siempre estar tratando de ascender por estos cuatro peldaños, y, vendidos todos los bienes, compra el campo aquél en que está escondido el tesoro que desea, a saber, poder dedicarse y ver lo suave que es el Señor. Ejercitado en el primer peldaño, circunspecto en el segundo, ferviente en el tercero, elevado sobre sí mismo en el cuarto, asciende de virtud en virtud por estas subidas, que ha dispuesto en su corazón, hasta ver al Dios de los dioses en Sión. Feliz aquél a quien se le concede permanecer, aunque sea por poco tiempo, en este peldaño más elevado y que puede decir con verdad: «He aquí que siento la gracia de Dios, he aquí que contemplo en el monte, con Pedro y Juan, su gloria; he aquí que con Jacob me deleito de los abrazos de Raquel». Pero tenga cuidado éste, para que después de semejante contemplación por la fe elevado hasta los cielos, no caiga en los abismos con caída imprevista, ni se vuelva, después de la visión de Dios, a mundanidades lascivas y a los atractivos de la carne. Pero cuando la debilidad y la fragilidad del espíritu humano no pueda soportar por más largo tiempo el resplandor de la verdadera luz, descienda ligera y ordenadamente a alguno de los tres peldaños por los que ascendió. Deténgase alternativamente ya en uno, ya en otro peldaño, según el movimiento del libre albedrío, según el lugar y el tiempo, tanto más cercano ya a Dios cuanto más alejado del primer peldaño. Pero ¡ay!, ¡frágil y miserable condición humana! Con la ayuda de la razón y los testimonios de las Escrituras veremos claramente que la perfección de la vida humana se contiene en estos cuatro peldaños y que el hombre espiritual debe ejercitarse en ellos. Pero ¿quién es el que camina por este sendero de vida?, ¿quién es y lo alabaremos? El quererlo es de muchos, el lograrlo de pocos.

 

XIII. Las cuatro causas que nos apartan de estos cuatro peldaños

Mas son cuatro las causas que nos apartan las más de las veces de estos peldaños, a saber: una necesidad inevitable, la utilidad de una buena acción, la debilidad humana, la vanidad del mundo. La primera es inexcusable, la segunda tolerable, la tercera miserable, la cuarta culpable. Pues a aquellos, a quienes esta última causa les aparta de su santo propósito, mejor les fuera no conocer la gloria de Dios, que después de conocida retroceder. En efecto ¿qué excusa de pecado tendrá éste? El Señor le podrá decir justamente:

«¿Qué pude hacer por ti que no hice? (Is 5, 4). No existías y te creé, pecaste, haciéndote esclavo del diablo, y te redimí. Corrías con los impíos en el circuito del mundo y te elegí. Te concedí gracia en mi presencia y quise hacer en ti mi morada, pero tú me despreciaste y no sólo has rechazado mis palabras sino a mí mismo y has caminado tras tus concupiscencias».

Pero, Dios bueno, suave y manso, tierno amigo y prudente consejero, fuerte ayuda, ¡qué inhumano, qué temerario es el que te rechaza, el que aleja de su corazón a un huésped tan humilde y tan manso!, ¡qué sustitución tan infeliz y dañosa, rechazar al propio creador y acoger pensamientos torpes y malos!, ¡entregar tan pronto aquella secreta morada del Espíritu Santo, el secreto del corazón, hasta poco antes vuelto a las alegrías celestes, para ser conculcado por pensamientos inmundos y pecados! Todavía están calientes en el corazón los vestigios del esposo, ¿Y ya se entrometen deseos adulterinos? Es inconveniente e indecoroso que oídos que poco antes oyeron palabras que no es lícito al hombre referir, se inclinen tan rápidamente a escuchar fábulas y detracciones; que ojos, que poco antes habían sido bautizados por lágrimas santas se vuelvan de repente a mirar vanidades; que la lengua que apenas había terminado de cantar dulces epitalamios, que había reconciliado a la esposa con el esposo mediante encendidas y persuasivas palabras, y la había introducido en la cantina de vinos escogidos, de nuevo se vuelva a vanas conversaciones, a ligerezas, a maquinar engaños y a chismorrear. ¡Aleja de nosotros todo esto, Señor! Pero si tal vez por humana flaqueza cayéramos en semejantes cosas, no nos desesperemos por ello, sino recurramos de nuevo al Médico lleno de clemencia, que levanta del polvo al desvalido, hace surgir de la basura al pobre (Salm 112, 7), y que no quiere la muerte del pecador. De nuevo él nos curará y nos sanará.

Ya es tiempo de poner fin a esta carta. Supliquemos, pues a Dios que mitigue hoy los obstáculos que nos apartan de su contemplación y que en el futuro los haga desaparecer de nosotros. Que nos conduzca por diversos peldaños, de virtud en virtud, hasta que veamos a Dios en Sión. Allí los elegidos no gustarán la dulzura de la divina contemplación de modo intermitente, como gota a gota, sino que llenos por un torrente de placer incesante, poseerán un gozo que nadie les podrá arrebatar, y una paz sin mutación, paz en él mismo. Tú, pues, Gervasio, hermano mío, si alguna vez se te concede ascender a la cima de estos peldaños, acuérdate de mí, y reza por mí cuando te haya ido bien, para que así se corran los velos, y el que oiga diga: ¡Ven!

(*) Guigues II, uno de los primeros cartujos, fue Prior de la Cartuja hacia el 1174. Más tarde dimitió de su cargo para morir en el 1188.

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